Vivir para contarla
- Belen Palermo
- hace 17 horas
- 3 min de lectura
Para quienes decidimos poner en palabras el mundo, comunicar, no sólo es una vocación o un pálpito que nace sin previo aviso. Es más bien un compromiso tácito entre los que quieren escuchar —que son pocos—, pero sobre todo con nosotros mismos. Testigos de lo que alguna vez existió, encriptamos a través de un sistema lo que nos conmueve y merece perdurar. No sé si por los siglos de los siglos, pero al menos hasta donde nuestras posibilidades lo permitan.
Nada de palabra santa, sólo otra perspectiva. Porque, como dice García Márquez en esta nueva edición que llegó a mis manos “la vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla”. Y para decir, primero hay que saber, zambullirse en las profundidades de lo otro que está por fuera y también por dentro. Nadie escribe de lo que no sabe, aunque esté inventando, porque uno empuja del hilo sólo para tejer algo más grande.
Catalogar este libro como autobiografía quedaría corto e incluso frío, porque desde la primera lectura uno atisba la reconstrucción literaria —o quizá un autodescubrimiento personal— del camino recorrido y de cómo el autor se convirtió en el escritor que fue. La respuesta a un llamado que tenía de todo menos garantías; la lucha contra las vicisitudes del contexto histórico; la audacia de la juventud y la renuncia a los mandatos familiares y sociales para terminar siendo quien realmente debía ser.
Un trayecto de revelaciones que deja al descubierto los pasos inciertos y los velos de duda que uno mismo se impone a medida que va andando. El libro recorre la vida desde la infancia, marcada por la convivencia con sus abuelos y por las historias familiares, hasta sus primeros años como periodista y escritor. No es una cronología exhaustiva, sino episodios que terminaron alimentando su imaginación.
El verdadero protagonista, más que el narrador, es la memoria. García Márquez reconstruye el pasado desde el presente, mezclando escenas con una mirada profundamente literaria. Anécdotas reales que después reaparecerán transformadas en sus novelas —la familia, la muerte, las supersticiones, la violencia política, los pueblos, los amores, las conversaciones y hasta el estilo de narrar— tienen su origen en esas ideas remotas. Una especie de precuela que, en realidad, no es otra cosa que toda una vida vivida.
Su cotidianidad aparece como un territorio donde lo extraordinario y lo ordinario conviven sin necesidad de explicaciones. Y descubre la figura del periodista, no como una identidad separada, sino como parte de su formación. Una y otra se necesitan y se retroalimentan. Así escucha, observa, investiga, relata y demuestra cómo una vida común puede convertirse en algo fantástico.
Vivir para contarla no significa simplemente “vivir y después escribir una autobiografía”. Contar se vuelve una forma de darle sentido a lo vivido. La experiencia adquiere otra dimensión cuando puede ser narrada. Por eso el libro resulta altamente interesante; demuestra —casi sin proponérselo— de dónde sale una historia: de una conversación escuchada de niño, de una persona que conocimos,
de una tragedia familiar, de una superstición, de un amor, de una noticia, de una casa, de una ciudad, de algo que en su momento parecía insignificante.
Aprendemos que la memoria selecciona, organiza y hasta muda la experiencia no para demostrar que se ha vivido mucho, sino para hacer que lo vivido no se pierda. Una exquisita e imperfecta manera de trascender, capaz de vencer al olvido.




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