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Paralelismo

  • Foto del escritor: Belen Palermo
    Belen Palermo
  • 14 ene
  • 3 Min. de lectura

En esta nueva entrega de lectura no tenía grandes pretensiones, aunque sí pequeñas apuestas mentales sobre lo que me podía llegar a encontrar. No tanto en relación con la historia, sino con el estilismo inigualable que este autor deja. Ese punto posterior a comer algo viscoso, que permanece en la boca unos minutos más. Una sensación cercana a haber sido envenenado por otras formas de mirar. Cortázar representa ese alargamiento que existe entre lo leído y ese espacio con el que convivimos. Y eso, en literatura, me parece sobrepasar al propio libro material: una forma bonita y silenciosa de trascender.


Esta riña que surge no parece ser una lucha deliberada, sino más bien un antes y un después. Un ring en el que uno sale ganador, pero también vencido. Quizá porque se vuelve consciente de no tener acceso total a la burbuja intelectual del autor —donde se entremezclan conocimientos de música clásica, literatura, idiomas y códigos de otra época— y eso conlleva a empujarse hacia una esquina algo marginada. Pero esas olas, simples declives, no desalientan a quien lee a intentar comprender lo que hay entre líneas.


Si antes tenía la vaga sospecha de estar ante un escritor amante de las analogías, con esta edición —además de las ya embarcadas— puedo confirmar casi fehacientemente esa teoría. En este juego de metáforas surrealistas se alcanza un intento de homenaje a la vida. Un viaje verídico por la autopista del sur de Francia hacia Marsella que dialoga con otro recorrido, más íntimo, ligado a nuestra forma de andar. Una dulce invitación a preguntarnos si efectivamente vivimos obnubilados por llegar del punto A al B, o si existe una sacudida más lenta en la manera en que decidimos habitar nuestros días.


Transmitir la finitud de la vida y asumir un hecho que, en realidad, significó el reconocimiento de una aventura con final —aceptar la mortalidad, haber vivido ese momento, mirarse a los ojos y saber que todo había acabado—, como exclama Carol en uno de sus escritos: “qué poco duró el viaje…”, fue lo que me provocó cierto estrujamiento en el lado izquierdo del pecho. Porque es el tipo de libro que, sin duda, le regalaría a alguien sumergido en una búsqueda inalcanzable de sentido.


Escribir con una mirada florida frente a hechos ordinarios que solemos pasar por alto me parece un pequeño acto de gran rebeldía. Y esa filosofía se refleja en Cortázar, como si en cada libro, en cada relato, se dejara entrever entre las palabras, disponible solo para la mirada de los sensibles. Mostrando la dulzura y la perversidad de vivir como alguien que percibe con tanta intensidad. Por algo se dice que uno escribe de lo que sabe y que los libros no son más que otra forma de dejar testimonio. Así como el fotógrafo participa de la misma manera en el proceso, sólo que con “herramientas diferentes”. 


Lo particular también es cómo el autor se nos presenta finalmente como un personaje que quiebra cierto armazón: alguien que tuvo que atravesar varios acontecimientos para culminar en un alma conmovida por el amor. Sus ojos desnudando las formas de un otro, distinto pero igual. Un hombre entregado a lo terrenal, enamorado de una fotógrafa que supo devolverle la sencillez de encontrarse con uno mismo y rozar eso que llaman “felicidad absoluta”.


Este texto habla de cómo no habita ningún triunfo en el simple hecho de llegar, como uno suele imaginar, sino muy por el contrario. ¿Dónde está entonces el sustento? Justamente en los detalles del trayecto, en los parajes de esa autopista, en la invitación a permanecer atentos a lo que está aconteciendo. Una idea que podría asimilarse a las de autoayuda, pero que en ningún momento se presenta como tal.


Los autonautas de la cosmopista no propone respuestas ni caminos certeros (incluso en la planificación uno encuentra satisfactorias las bifurcaciones). Apenas sugiere una forma de mirar: detenerse, atender, permanecer. Y quizá eso alcance. Quizá, después de todo, no se trate de llegar a ningún lado, sino de aprender a sostener la conciencia del trayecto. Aceptar que algunos viajes terminan, pero dejan marcas suficientes para seguir andando distinto.

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