Repercusiones de una lectura
Actualizado: 8 sept
El libro pidió que lo arranque, cómo todas esas cosas que precisan salir de raíz, y…
Me dolió la valentía. Me dolió la duda. Me dolió verme enfrentada a una exigencia ínfima y que rompía toda mi estructura. La hoja, la circunstancia y la imperiosa necesidad de ser otra. El vómito del alma. Me dolió hasta los huesos. Ese desafío que uno está esperando para hacer algo que nunca pensó hacer. La insensatez de romper por romper, de extirpar y dejar morir. Soltar de una vez por todas. Temblando, mirando las letras como quien mira a su peor enemigo -y quizá a uno mismo-, adosé la punta de mis dedos al papel y el tacto me dejó humana. Una voz en el fondo de mi cabeza gritando que estaba «haciendo una locura» (¿para tanto?). Arranqué. Me arranqué.
Y la lentitud del movimiento me dejó pálida. Perpleja. Enfrentada. Llena de explosiones internas y analogías; los libros y mi relación de respeto; la vida y mi actitud políticamente correcta. Prescindible. Me arranqué. Me miré y la cara fue de vergüenza, no por lo que hice, sino por las mil vueltas que di con un simple acto material. Dicen que si un libro es bueno se mete adentro tuyo, te descoloca, te deja en jaque, un poco minúsculo y te transforma en un don-nadie. En un segundo, así, en el anonimato. Ahora, me llora la consciencia, el irremediable despertar, este balde de agua fría.
Me llora esta «cuota de lo inesperado en la absurda cotidianidad».
Los libros son revelaciones. Mundos a-parte que literalmente te parten.
Son y te dejan ser. Te habilitan a saltar sobre las palabras. Y si una está dispuesto, después de esa experiencia, le toca una enorme liberación.



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