Misticidades ocultas
- Belen Palermo
- hace 5 días
- 3 Min. de lectura
Creo que todos hemos pecado alguna vez, al realizar una actividad recreativa (sea cual fuere), preguntándonos cuál era el propósito de todo eso. Horrorosamente me he respondido muchas veces que todo estaba ligado a cuestiones monetarias y que, si no era así, se trataba de un hobby que en algún momento aspiraba a capitalizar. No porque esté mal generar a partir de ese capital ocioso —no me malinterpreten—; en un mundo ideal todos podríamos sacar algún rédito de nuestros goces. Me refiero a algo más profundo: a la actitud inconsciente de querer desprender el alma de esas pequeñas cosas, momentos que parecen banales, pero que esconden una terapia muy próspera.
A mí me llevó un tiempo darme cuenta de esto, principalmente porque todo lo encaraba con la premisa de “necesito hacer algo para ocupar el tiempo y no sentir que mis niveles de productividad descienden”. Imaginen los años de evolución que le faltaban a esta autora -que les escribe- para exclamar una premisa así. Son esas cosas en retrospectiva las que realmente uno pone sobre la mesa cuando se pregunta: ¿Estoy mejorando día a día? Si, una pregunta tan dura que requiere ser pronunciada más de lo que hacemos regularmente. Ese bloque macizo que en nuestras jornadas más reacias no estaríamos ni dispuestos a responder. Después, con trabajo, llegan las temporadas de introspección y charla seria con uno mismo -si uno quisiera- y trata de mejorar esa arbitrariedad robótica. Y quizá, sólo quizá, lo hecho cobra un poco más de sentido.
Ahora, con total honestidad, eso no significa que uno encuentre verdades y no vuelva a declinar; lejos de ser evolucionada -conocedora del cosmos- entiendo que uno recae en los pecados heredados. Es evidente que la tentación del sinsentido hace una puesta en escena mientras la ansiedad decide golpear la puerta. Y qué show extravagante se arma cuando esas dos amigas cruzan la mirada.
En esa odisea de cubrir huecos -acentuada por la pandemia que me encontró sin trabajo- aprendí, sin buscarlo, el arte de encapsular piedras. Un término medio exótico que acuñé cuando descubrí la pasión con la que intentaba mejorar. No es que recibiera un bonus o incentivo por escalar en técnica -aunque no me hubiese molestado haber sido retribuida por un Dios galáctico que todo lo puede-, pero había algo oculto en hacer ese simple acto, que me dejaba un gusto insaciable en la boca.
Pensé, inocentemente -a medida que avanzaba- que cada una debía tener cierta cualidad única e inigualable; después de todo, realmente no había piedra igual a otra. Y eso, vamos a decir, es una premisa a ciencia cierta (antes de que me llamen volada). Por lo cual, me parecía bastante autoritario tener que ponerle un valor a algo que podría pertenecer a personas con los mismos rasgos, únicos e inigualables. Entonces en mis manos estaba construir -de alguna manera bizarra- la casa adecuada para cada una de ellas. Parece psiquiátrico tener que explicar este nivel de romantización, pero ya tengo claro que las lógicas me aburren y me expulsan a una esquina en donde todo parece muy igual.
Por primera vez -después de un proceso largo, claro está- no sentí ningún apuro en monetizar lo que estaba haciendo. Era simplemente yo, en un espacio armado dulcemente y transcurriendo en un tiempo sin cualidades asfixiantes. Así mis collares llegaron a otros que lograron ese mismo cometido, hacerme sentir un momento puro y desenvuelto con nuestras propias existencias. Proclamé que esa sensación debería ser la más parecida a vivir lo que uno está atravesando. Una forma de aspiración que se vende fácil, pero que es muy difícil alcanzar -vamos a ser sinceros-. Y esa gracia de estar en un acá, ni tan atrás ni tan adelante, me devolvió un poco más a mí.
La única ganancia de la ojeada al futuro -incierta y especulativa- podía ser esa: la de enfrentarme a mí, bastante bien arrugada, en un ensueño de últimos suspiros, haciendo una balanza que sólo pudiera responder sí pude disfrutar la mayor parte de las cosas a las que aposté. Ni siquiera sería si saqué algo de todo eso -superficialmente hablando-. Sólo sí llegué a palpitar intensamente, aunque haya sido solo un instante, tanto las buenas como las ruines.
Sí, las moralejas de esta nueva proeza fueron varias y no me extrañaría sacar otras entre tejidos y alambres. Pero, más allá de la idea que las piedras transmiten misticidades y energías -cualidades asignadas-, más allá de su clasificación petrográfica y sus magias, descubrí un mundo minúsculo, una burbuja propia de la que nadie puede arrancarme -la verdadera puesta de fe- en la que puedo finalmente dar justicia al placer de vivir azarosamente y un poco más despojada de las explicaciones.















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