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A salto de mata, crónicas de un fracaso precoz

Foto del escritor: Belen Palermo
Belen Palermo
21 oct 2023
2 min de lectura

Actualizado: 8 sept

A mí el libro me llama, muchas veces, por primera impresión. Aunque intento no “juzgarlo por su portada”, hay algo indescriptible en ese primer encuentro que me habilita las ganas o me las anula totalmente. Mi historia con Paul Auster se dio en una dialéctica así. Casual e inesperada.


Recuerdo el impulso, ese momento de frenesí en el que sólo quería —y necesitaba— saciar mi sed de lectura. Así, en el gris, sin orientación ni pretensiones, di a parar con una de sus obras, «En el país de las últimas cosas», otra de sus grandes creaciones. Una casa desmoronándose y un título que tocaba la fibra interna en la que andaba metida.


Juzgué el párrafo inicial sólo con una hojeada curiosa y mi alma ya sentía que estaba adentro. Lo había conseguido. Me había comprado —y no al revés—. Fue ese amague que me llevó a devorar una buena cantidad de libros de su autoría, pasando por «La invención de la soledad», «El libro de las ilusiones», «La noche del oráculo», hasta llegar a esta joyita que podría describir como EL texto que me dejó con gusto a punto suspensivo. Ese arrastre que te lleva por las páginas imaginando cierto desenlace. Uno tira del hilo, convencido de que la lógica va a llevarnos hacia un lugar, y termina encontrándose con todo menos lo esperado -y eso es lo que me encanta del autor-, el recelo que genera, la sensación de amarlo y odiarlo simultáneamente. Esa impotencia reluciente es su fórmula secreta, la marca personal que se retroalimenta en toda su colección.


Este relato, más que autobiográfico, no sólo refleja los hitos más importantes de su recorrido, sino que apela a la escritura como estilo de vida. Las letras despojadas de glorias y lujos. Un camino cuesta arriba, con más declives que ascensos y un empeño teñido de humanidad. Las ganas de seguir apostando aunque tengamos todas las de perder.


La vocación -y todos nuestros proyectos- como fracasos no definitivos. Así Auster describe una época en la que todavía no era Auster sino apenas alguien intentando hacerse lugar en el mundo; sostenerse, escribir y no traicionar aquello que quería hacer.


El acto de tropezar aparece entonces de otra manera. No como punto final, sino como parte inevitable del recorrido. Como esos años que, mientras suceden, parecen una desviación y que sólo mucho después adquieren otro significado.


Claramente, hacer una valoración objetiva-pasiva de este libro me resulta cuasi imposible, porque Auster es un reflejo de los vicios y los tormentos de esta profesión expansiva, pero paralelamente explosiva. Quizás por eso este libro me dejó con ganas de más. Porque cuando una historia todavía se está escribiendo, nunca sabemos del todo qué parte puede considerarse un fallo o simplemente lo que son: desvíos inherentes del camino.


Y sin lugar a duda, si este texto es capaz de mantenernos expectantes y rechinando los dientes, merece su lugar en nuestra lista de “pendientes”.


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